Querétaro
Cuando el bienestar animal se convierte en propaganda: el show de Marco Del Prete
Publicado
hace 1 añoel
Por
RedacciónPor: D. Ricardo Noguerón S.
En Querétaro, el tema del bienestar animal se ha convertido en una vitrina política. Marco Del Prete, más conocido por sus ambiciones electorales que por resultados tangibles, ha encontrado en perros y gatos una escenografía perfecta para venderse como defensor de “los que no tienen voz”. Pero detrás de las sonrisas, las fotos acariciando cachorros y los discursos emotivos, lo que hay es un guion político cuidadosamente calculado: convertir el dolor animal en un trampolín de campaña.

Antecedentes: Del funcionario gris al “defensor” de los animales
Durante años, Marco Del Prete fue un perfil político de bajo perfil, más identificado con los trámites burocráticos que con causas sociales. Como titular de la Secretaría de Desarrollo Sustentable en Querétaro, su agenda estaba marcada por permisos de construcción, la instalación de parques industriales y las concesiones ambientales otorgadas a grandes empresas. Pocos, muy pocos, lo asociaban con un compromiso real hacia el bienestar de los animales o con una sensibilidad social más allá de lo económico.
Sin embargo, en la antesala de un nuevo proceso electoral, su narrativa comenzó a transformarse de manera repentina. El político “gris”, enfocado en números y permisos, empezó a aparecer en entrevistas, conferencias y publicaciones de redes sociales rodeado de perros y gatos, hablando de “respeto a quienes no tienen voz” y presentándose como un defensor de los seres sintientes. Lo que en apariencia parecía un despertar moral, en realidad se trata de una estrategia política: explotar una de las causas con mayor aceptación ciudadana.
El cálculo es simple y efectivo: el bienestar animal es un tema transversal que conecta con jóvenes universitarios, con familias de clase media que humanizan a sus mascotas y con ciudadanos que ven en la protección de animales un símbolo de empatía y progreso. Al apropiarse de esta bandera, Del Prete busca lo que nunca consiguió desde el desarrollo industrial: cercanía emocional con la gente.
Pero hay un contraste incómodo. Durante su gestión nunca impulsó políticas públicas serias para atender el abandono animal, fortalecer refugios, financiar programas de esterilización masiva o castigar con firmeza la crueldad. No hubo presupuestos significativos ni resultados palpables en ese rubro. Lo que hoy presenta como “convicción” no existía en su agenda. Lo único que cambió fue el escenario: de la oficina a la campaña, del expediente frío a la fotografía acariciando cachorros.
Así, los antecedentes de Marco Del Prete revelan la metamorfosis de un político pragmático en un supuesto activista animalista. No es que haya descubierto un amor genuino por los animales; lo que descubrió fue un recurso electoral invaluable: un tema noble, popular y mediático con el que puede intentar lavar su imagen y proyectar cercanía en plena temporada de campaña.

La puesta en escena: del despacho al show animalista
El viraje de Marco Del Prete hacia el “bienestar animal” no se quedó únicamente en declaraciones. Muy pronto se transformó en una estrategia de visibilidad pública que parece más diseñada para la mercadotecnia política que para un cambio real en la vida de los animales. Sus apariciones recientes lo muestran en escenarios cuidadosamente armados: rodeado de perros y gatos, con sonrisas ensayadas, discursos emotivos y fotografías que parecen sacadas de un manual de propaganda.
Cada acto se construye como una puesta en escena. En lugar de hablar de presupuestos, indicadores o mecanismos de aplicación de la ley, el foco está en la imagen: el funcionario en camisa arremangada acariciando un cachorro, el político de traje elegante dando una conferencia sobre “seres sintientes” frente a un mural de mascotas felices, o el video en redes sociales donde habla de “respeto a quienes no tienen voz” con un fondo musical que apela a la ternura. La narrativa no se centra en soluciones concretas sino en la explotación de la empatía que generan los animales.
Los medios de comunicación aliados han replicado el guion: notas con titulares que lo presentan como pionero del “cambio cultural” en Querétaro, entrevistas donde evita responder preguntas incómodas sobre temas como la tauromaquia o las peleas de gallos, y reportajes fotográficos donde los animales aparecen como accesorios de campaña. Incluso sus propias redes sociales funcionan como un escaparate: selfies con perros rescatados, frases inspiradoras y videos breves que circulan más como propaganda que como información pública.
La estrategia es clara: convertir una causa legítima en espectáculo político. Donde debería haber debates sobre asignación de recursos, planes de esterilización masiva, programas de adopción o sanciones contra criaderos clandestinos, hay puestas en escena diseñadas para reforzar la imagen de un hombre sensible, empático y moderno. En otras palabras: Marco Del Prete no se limita a hablar del bienestar animal; lo utiliza como escenografía de campaña.

La Contradicción: pero toros y gallos pueden ser maltratados
El gran problema de la iniciativa de Marco Del Prete no está en lo que dice, sino en lo que calla. Mientras se esfuerza en aparecer como un político sensible que acaricia perros y se toma fotos con gatos, su proyecto legal deja intactas las prácticas más brutales de maltrato animal en Querétaro: las corridas de toros y las peleas de gallos.
Ese silencio no es ingenuo ni casual. Es un cálculo político. Los toros y los gallos representan industrias con influencia económica, con tradición enraizada en sectores poderosos y con redes de apoyo político que ningún candidato del sistema se atreve a confrontar. Así, mientras se prohíben collares de castigo o mutilaciones estéticas, se sigue permitiendo que toros sean atravesados con lanzas y espadas hasta desangrarse en una plaza, o que gallos se despedacen entre sí frente a multitudes que apuestan su dinero.
La contradicción es escandalosa: por un lado, se presume un “avance histórico” en el reconocimiento de los animales como seres sintientes; por el otro, se justifica el sufrimiento de miles de animales bajo el disfraz de “tradición cultural”. La pregunta es inevitable: ¿qué clase de bienestar animal es aquel que distingue entre animales “dignos de respeto” y animales “condenados a la tortura”?
El problema va más allá de una omisión legal. Es un reflejo de cómo la política utiliza las causas nobles de manera selectiva. A los perros y gatos, que generan ternura y empatía, se les otorga un marco legal protector que se difunde como campaña. A los toros y gallos, cuyo sufrimiento no se puede maquillar en una foto de propaganda, se les deja en la penumbra, intocables para no molestar a los grupos de poder.
Lo más grave es que esta contradicción termina vaciando de contenido la propia idea de “bienestar animal”. Se convierte en un eslogan publicitario, en una puesta en escena diseñada para obtener likes, aplausos y votos, pero incapaz de enfrentar los verdaderos intereses detrás de la violencia legalizada. En la práctica, el mensaje que lanza Del Prete es cínico: los animales merecen respeto… siempre y cuando no choquen con las tradiciones de quienes financian la política.
Esta incongruencia no solo hiere a los animales que siguen siendo torturados bajo el amparo de la ley, también desnuda la naturaleza oportunista de la iniciativa. Porque mientras se muestra como defensor de los más vulnerables, Del Prete en realidad opera como un político tradicional: alguien que elige cuidadosamente qué batallas pelear y cuáles callar, dependiendo de lo que le convenga para su campaña.

El uso político del dolor animal
En política no existen casualidades. La repentina conversión de Marco Del Prete en “defensor” de los animales no responde a una iluminación moral, sino a una estrategia de marketing cuidadosamente calculada. El dolor animal —ese sufrimiento real y cotidiano que viven miles de perros y gatos abandonados, lastimados, o explotados— se convierte en un recurso publicitario, en una herramienta para apelar a la sensibilidad de los votantes y proyectar una imagen de empatía.
El mecanismo es sencillo: tomar una causa legítima, vestirla de discurso emotivo y ponerla al servicio de la campaña. Así, la ternura de un cachorro sustituye a la falta de propuestas sólidas, la foto con un perro rescatado eclipsa los cuestionamientos sobre corrupción o ineficiencia, y las frases de “respeto a los que no tienen voz” funcionan como anestesia para que los ciudadanos olviden las omisiones graves de su iniciativa. El sufrimiento animal deja de ser un problema que exige soluciones estructurales y se transforma en un espectáculo sentimental.
La manipulación es doblemente grave porque trivializa una lucha que miles de activistas han sostenido durante años con recursos propios, enfrentándose a la indiferencia gubernamental. Mientras refugios sobreviven con donativos, esterilizaciones comunitarias se pagan de bolsillo y activistas arriesgan su seguridad para denunciar criaderos ilegales, Marco Del Prete aparece en escena con reflectores, cámaras y discursos grandilocuentes, apropiándose de una bandera que nunca fue suya. Los que realmente sostienen la causa son invisibles; el político oportunista es el protagonista.
Además, esta instrumentalización genera un daño cultural: al presentar la defensa animal como un tema de moda electoral, se diluye la seriedad del debate. En lugar de discutir presupuestos, mecanismos de aplicación de sanciones o políticas públicas duraderas, la conversación pública se reduce a fotos virales y mensajes superficiales. El riesgo es que la ciudadanía termine viendo el bienestar animal como una simple escenografía de campaña, perdiendo de vista la urgencia de transformar la realidad de miles de animales.
En el fondo, lo que hace Del Prete es utilizar el dolor como plataforma. Toma la empatía que provocan los animales para cubrir vacíos de gestión, para intentar suavizar una imagen de funcionario distante y para abrirse camino en la competencia electoral. Pero esa estrategia tiene un límite: tarde o temprano, la gente descubre que detrás de los discursos no hay políticas públicas sólidas, sino un cálculo frío donde los animales son accesorios de propaganda.
Ni ley, ni bienestar; solo marketing
Lo que vende Marco Del Prete no es una política pública, es un relato. Un relato que usa la ternura de un cachorro como cortina para tapar omisiones, intereses y cálculos. Su “defensa” de los animales funciona mientras se mantenga en la superficie: fotos, frases bonitas y promesas generales. Pero cuando se contrasta con la realidad —toros y gallos fuera del radar, refugios sin recursos, esterilizaciones insuficientes, criaderos ilegales operando— el discurso se desploma.
Si el objetivo fuera realmente el bienestar animal, la conversación no giraría en torno a su imagen, sino alrededor de metas medibles, presupuesto, y mecanismos de cumplimiento. Cualquier iniciativa seria tendría, como mínimo:
- Presupuesto etiquetado anual y reglas de operación claras para refugios, esterilizaciones masivas y campañas de adopción.
- Metas trimestrales verificables (número de esterilizaciones, adopciones, inspecciones y sanciones aplicadas).
- Unidad de inspección y denuncias con tiempos de respuesta obligatorios y un tablero público de casos.
- Registro y chipado de animales de compañía; control de la compraventa y cierre de criaderos clandestinos.
- Convenios municipales para centros de atención veterinaria básica, vacunación y educación comunitaria.
- Sanciones penales y administrativas efectivas por maltrato y abandono (con inhabilitaciones y multas que sí duelan).
- Revisión de espectáculos con sufrimiento (moratorias, consultas y salidas graduales) en lugar de esconder el tema bajo la mesa.
- Transparencia total: informes públicos, auditorías independientes y participación real de colectivos animalistas.
Nada de eso luce en la foto, pero eso es bienestar animal. Lo demás es utilería de campaña.
La conclusión es simple: los animales no votan. Por eso son un botín perfecto para políticos que buscan “limpiar” su imagen sin tocar intereses. La “ley” de Del Prete, tal como la presume, protege lo que da likes y deja intacto lo que da dinero. Y mientras ese sea el guion, no hablamos de empatía ni de progreso: hablamos de propaganda.