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Tanto en el ámbito nacional, como en el internacional, la cultura de la prevención debería prevalecer sobre las reacciones a veces oportunas y a veces tardías, cuando ocurren desastres naturales o provocados por el hombre mismo.
Existen antecedentes de catástrofes de diversos tipos: terremotos en China, con saldo de cientos de miles de muertos y cuantiosos daños causados en ese país. En tiempos recientes, el tsunami que azotó las costas del sudeste asiático, afectó a los habitantes de una región de la India, Indonesia y de otros países de la región; el huracán Catrina provocó graves daños a la ciudad de Nueva Orleans, en Estados Unidos y, todavía más cercano a nuestra memoria, el terremoto de Haití, ocurrido en enero pasado.
Todos estos acontecimientos son lamentables por la pérdida de vidas humanas, por la destrucción causada a la infraestructura de los lugares mencionados y en general a su economía y al bienestar de la sociedad.
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar los desastres causados por gobiernos, instituciones, o personas, que por descuido o mala intención, causaron daños irreparables al medio ambiente y a las sociedad, como por ejemplo: El desastre de la planta nuclear de Chernóbil, en la ex Unión Soviética; los repetidos derrames de petróleo en el mar por buques-tanque de distintos países; los incendios accidentales o provocados en diferentes partes del planeta; los males causados por las pasadas pruebas atómicas, tanto en los océanos, como en tierra y, finalmente –no por menos importantes-, la falta de prevención del delito, de la delincuencia y de enfermedades que no se han podido erradicar, entre ellas la desnutrición o el hambre.
En el caso de México, a pesar de los avances obtenidos, continuamos dependiendo de la buena fortuna, para que los elementos de la naturaleza no nos golpeen, cada vez que esta reacciona ante los abusos que hemos cometido al alterar el medio ambiente. Cada año enfrentamos la problemática sequía, exceso de agua, contaminación y desbordes. Asimismo, en cada ciclo nos enteramos que los afectados, dirigentes y gobiernos declaran: “Parece que la naturaleza está en contra nuestra", expresión que se repite cada vez que ocurre una desgracia provocada por un desastre natural o humano.
En un recuento de desastres en nuestro país, podría ser suficiente mencionar el Terremoto de 1985, que ocasionó grandes pérdidas en vidas y bienes materiales; la catástrofe de San Juanico, cuando exploto un gasoducto y posteriores incendios de depósitos de pólvora (fuegos artificiales); afectaciones por distintos huracanes en ambos océanos; inundaciones por desbordamiento de los ríos –uno de los más recientes y de mayor impacto, el ocurrido en Tabasco, en 2007. Finalmente, por ser más cercanos en el tiempo, las inundaciones primero en Valle Dorado, zona residencial del Noroeste de la capital y en días recientes, “Valle de Chalco” –que era propiamente el lecho de un lago- y en aéreas cercanas al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (Colonia El Arenal) –también parte de lo que era el Lago de Texcoco-. A lo anterior, habría que agregar la avalancha de Angangueo, Michoacán y otras inundaciones en ese mismo estado.
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Como mexicano todavía no acabo de entener la falta de capacidad técnica y científica, así como de sensibilidad política, para resolver estos problemas a largo plazo. Resulta indignante escuchar como después de cada catástrofe, nuestros dirigentes y los mismos afectados, se excusan en cosas como: "llovió demasiado"; "en lo que va del siglo, no llovía tanto"; "no esperábamos tanta agua"; "la capacidad de captación fue rebasada". Lo mismo ocurre cuando se trata de justificar la escasez de agua y otros problemas: “esta es la peor sequía del siglo". ¿Dónde quedó la Grandeza Mexicana que pregonaba Don Bernardo de Balbuena? ¿Acaso debemos de aceptar como una fatalidad que, nosotros como mexicanos no tenemos la capacidad para resolver los problemas mínimos a que nos enfrenta la vida?
O visto de otro modo: ¿debemos de esperar de la divinidad nuestra salvación? Tales reflexiones van dirigidas a todos los habitantes de nuestro país, ya que tiene responsabilidad –ante su familia, como ante la sociedad- la persona que decide por cualquier razón asentarse y construir en lugares inseguros y vulnerables a los fenómenos naturales y a las acciones humanas depredadoras. Pero muy especialmente, a quienes tienen la responsabilidad de crear y mantener un ordenamiento poblacional, que incluye la planificación y construcción de viviendas y de todos los servicios necesarios. El cuando y el cómo se los debería de dar la necesaria sensibilidad política y la experiencia de los acontecimientos de nuestro país y de lo que ocurre en otros lugares del planeta.
Finalmente, aunque suene crudo, debemos de preguntarnos: ¿Será que problemas como los anteriormente mencionados, se presentan por falta de capacidad, por carencia de conocimientos, o de recursos económicos? Al parecer hemos perdido el tiempo. La seguridad, así como el desarrollo a que nuestra población tiene derecho, se sigue posponiendo por no saber, por no poder y tal vez, hasta por no querer. Es decir, por falta de conocimientos en la problemática que se presenta, por no contar con la capacidad necesaria y, en último caso, por carecer de la voluntad que nos conduzca a lograr el bienestar de nuestra sociedad. De manera urgente debemos pasar de la reacción a la prevención. ¿Está usted de acuerdo amigo lector?
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