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Ha terminado la máxima fiesta del futbol, y ahora las ilusiones y esperanzas están puestas en Brasil 2014, sin embargo, el mundial de Sudáfrica 2010 además de haberle dado al mundo un nuevo campeón, la Furia Roja; también deja a su paso un inmenso recuerdo en el medio ambiente del país anfitrión de la justa futbolera.
Y es que precisamente en vísperas del inicio del evento mundialista, los gobiernos de Sudáfrica y Noruega mediante la consultora internacional Pöyri, realizaron un análisis denominado "Estudio de Factibilidad para una Copa Mundial Neutra en Carbono en Sudáfrica", con el que se pretendía conocer el impacto ambiental que desataría el torneo de futbol 2010 y donde se reveló que las emisiones de dióxido de carbono a la atmosfera ascenderían a 2.7 millones de toneladas, convirtiéndose así en el evento deportivo más contaminante del que se tenga registro, superando ocho veces más las emisiones de la pasada Copa Mundial en Alemania 2006, e incluso dos veces más al impacto de CO2 de las Olimpíadas de Beijing 2008.
Con ese análisis estimativo, los gobiernos de Noruega y Sudáfrica buscaban la manera más eficaz de contrarrestar los efectos medioambientales e implementar las medidas necesarias para ello, sin embrago, pese a las recomendaciones realizadas en su momento por la empresa consultora, los autores del informe estiman que la mayoría de estas fueron ignoradas, pues aunque se obtuvo el financiamiento de empresas y organismos internacionales para efectuar algunos proyectos que mitigaran las emisiones contaminantes, al final del torneo mundial serian pocas las emisiones que se compensarían.
Los vuelos internacionales del público asistente, se consideró como uno de los principales factores que permitió la generación de las grandes cantidades de CO2, pues tan solo el transporte aéreo internacional representó cerca del 70% de las emisiones, dejando el 18% a los viajes de traslado entre las distintas sedes donde se diputaron los partidos, sin olvidar que el 12% restante ha sido atribuido a la energía utilizada en los hoteles donde se hospedaron las delegaciones y el público en general, pues según declaraciones de Randall Spalding Fecher, coautor del análisis medioambiental, a la cadena internacional BBC Mundo, la huella de carbono en Sudáfrica, comparada con el torneo 2006 en Alemania, se debió principalmente a que no se contaba con trenes de alta velocidad que permitieran desplazarse entre las distintas sedes.
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En este mismo sentido, para Spalding Fecher el esfuerzo hecho por las autoridades, las empresas y organismos internacionales es mínimo, pues "la inversión en proyectos para mitigar el impacto es minúscula, en comparación con todo el dinero que se ha invertido en la fiesta futbolera”, pues la solución ideal, según Spalding Fecher, pudo haber sido la imposición de un impuesto en los pasajes de avión y transporte para financiar proyectos de compensación.
Entre las medidas y proyectos que fueron implantados para mitigar las altas emisiones de dióxido de carbono en el país anfitrión, destacan la reforestación de áreas sin árboles, la implementación de un sistema de aire acondicionado en los estadios que permite ahorrar energía, la maximia eficiencia en el uso del agua y la instalación de una membrana transparente que permite aprovechar la luz solar, además de la instalación de paneles solares para iluminar los semáforos y los carteles informativos del torneo en varias ciudades sudafricanas, proyectos financiados por el Fondo Mundial para el Medio de Ambiente de la ONU.
Los grandes sucesos deportivos, además de significar una apasionante fiesta mundial, no deben seguir trayendo consecuencias negativas como estas para el ambiente, pues si las acciones planteadas definitivamente resultan insuficientes, deben ser percibidas como una necesidad para desarrollar una tendencia de eventos sostenibles, donde los efectos ambientales no extingan la pasión por el deporte más popular del mundo.
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