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Es común dentro de nuestra sociedad, pensar que un niño sano es aquel con prominentes cachetes rosados y regordete, esa es la imagen que por generaciones se ha inculcado y que hasta el día de hoy, muchas familias siguen al pie de la letra. Nos puede sonar muy natural, el escuchar como los padres presumen del “buen diente” de sus hijos y como los niños persiguen, desde muy temprana edad, el emular la robusta apariencia física de sus padres como una orgullosa tradición familiar.
Al parecer, esta tradición, hasta hace algunos años resultaba inofensiva, y la apariencia regordeta de los niños solo provocaba ternura y gracia. Sin embargo, a principios de este año, un índice no muy halagador, el Primer Lugar Mundial en Obesidad Infantil que ocupa México, comenzó a cambiar esta perspectiva para mostrarnos una realidad no muy alentadora, del futuro que le espera a nuestro país. Cuatro millones y medio de niños de entre los 5 y 11 años sufren de sobrepeso en México, grave problema el cual trae consigo severas consecuencias a largo plazo.
A partir de este dato, el Gobierno Federal comenzó a tratar este tema con la importancia debida, ya que el sobrepeso no solo provoca un daño inmediato a la sociedad infantil de nuestro país, sino también acarrea efectos futuros; ¿qué podemos esperar en 20 o 30 años, cuando estos niños sean los que estén al frente de México, cuando se conviertan en una población económicamente activa con padecimientos graves de diabetes, hipertensión arterial, infartos, enfermedades vasculares o cáncer de mama, esófago y riñón?
La atención se dirigió de inmediato hacia la instancia que el Gobierno puede regular y a través de la cual podía implementar acciones para atacar y revertir el desarrollo acelerado de problemas graves de salud en la población más joven del país, nuestros niños. Las escuelas, dónde pasan al menos 5 horas del día y desarrollan sus primeras actividades de la mañana, fue el escenario elegido para actuar de manera inmediata. El debate para la implementación de las acciones correctivas urgentes, giró entorno a dos temas principales: el tiempo de ejercicio que realizaban los estudiantes, principalmente de educación básica, y el tipo de alimentos que ofrecían las “cooperativas” o “tienditas” en las escuelas.
La solución planteaba el aumentar el tiempo de actividad física para los estudiantes y la eliminación de la venta de alimentos “chatarra” en las tiendas situadas dentro de las instituciones. Sin duda, ambos planteamientos causaron controversia, por un lado, los maestros se preguntaban quién sería el responsable de implementar las rutinas de ejercicios diarios, y por el otro, se argumentaba la afectación que sufrirían las empresas dedicadas a la venta de comida “poco saludable”, que se reflejaría en la ya mermada economía del país.
Aunque ambas acciones son una importante aportación para contrarestar este mal común que enfrentan los niños mexicanos hoy en día, no son la solución a la verdadera raíz del problema.
El problema de la obesidad infantil, no se desarrolla únicamente por la ingesta de alimentos con altos contenidos calóricos dentro de las escuelas ni por la falta de ejercicio en las mismas, el problema viene desde casa y se genera por los hábitos alimenticios a los que los niños se ven sometidos actualmente en nuestro país.
En la actualidad, debido a la situación económica de la población y al desarrollo profesional que las mujeres deseamos obtener, son cada vez más los hogares en donde ambos padres trabajan jornadas completas, mismas que ocasionan la ausencia prolongada de sus casas al menos por ocho horas al día. Si a lo anterior le sumamos el tiempo que les toma desplazarse de un lugar a otro en las cada vez más caóticas y congestionadas metrópolis de México, podemos entender el porqué de los problemas alimenticios de los niños.
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Los padres han descuidado la dieta de sus hijos y han remplazado en gran medida, la comida tradicional por productos de “rápida hechura”. Ya no hay tiempo de preparar a los niños tres comidas balanceadas al día y mucho menos proporcionárselas en los horarios adecuados, por lo cual, son los padres mismos los que favorecen el consumo de productos que pueden conseguir rápidamente en la tienda o en el puesto de la esquina. El desayuno tradicional a base de leche, cereales y huevo, se remplaza por un panquecito y un cuartito de leche con chocolate en tetrapak. La sopa, el guisado, la ensalada y el agua fresca de la comida, se convierten en una torta o hamburguesa con papas y refresco o en el mejor de los casos, pollo rostizado y papas fritas, y para la cena el menú puede incluir desde tacos, quesadillas, gorditas hasta cualquier típico antojito mexicano. Con esto, la ingesta de productos con alto contenido de grasas, azucares y carbohidratos, y poco valor nutricional, no se limita a la hora del recreo o la salida de la escuela, los niños se encuentran ingiriéndolos constantemente, durante todo el día… “las mamás ya no cocinan”.
Así mismo, otro factor que agrava más la situación es la poca o nula actividad física que desarrollan los niños al estar, en muchos de los casos, al cuidado de familiares o personas ajenas durante la tarde, la forma más rápida y eficiente para su control y entretenimiento, es sentarlos frente al televisor o un videojuego. Sumado a la inseguridad que vivimos en gran parte del país, la bicicleta, los patines, la patineta y la pelota, ya no son una opción viable para que los niños desgasten toda la energía que consumen, en estos tiempos resulta ya muy peligroso dejarlos salir a jugar a la calle y es preferible mantenerlos en casa.
Es así, como gradualmente hemos deteriorado la calidad de vida de los niños en México, y es lamentable darnos cuenta que les estamos negando el acceso a todas aquellas cosas que los adultos más recordamos de nuestra infancia, las “chucherías” que nos encantaban de la escuela y las interminables tardes que pasábamos en la calle con los amigos de la cuadra, corriendo, brincando, haciendo y deshaciendo. Para casi todos nosotros, resultaban obligatorias las verduras en la comida y muy vigilado o hasta prohibido el consumo de refrescos; nuestros padres se preocupaban por cuanto crecíamos hacia arriba y no hacia los lados.
La realidad es que la obesidad infantil no es el verdadero problema, simplemente es otra de las consecuencias de una profunda problemática que actualmente vivimos como sociedad y es por eso que tenemos que atacarlas en conjunto, con acciones claras y bien enfocadas. Es impresindible que logremos un equilibrio entre la vida profesional y la personal, para brindarles mayor y mejor tiempo a nuestras familias; eliminar la inseguridad de las calles; rescatar y cuidar los espacios recreativos con los que contamos; y en resumen, crear una conciencia comunitaria para ayudarnos los unos a los otros, si compartimos problemáticas, también hay que compartir soluciones. Todos somos parte del problema y a todos nos toca solucionarlo.
No importa si tenemos hijos o no, o si estos se encuentran en su etapa de niñez, la obesidad infantil, es solamente un reflejo de lo que somos hoy en día como sociedad y es importante que reflexionemos si eso es realmente lo que queremos para nuestro presente y nuestro futuro.
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